Crónicas de Danny 1; perdido en Roma




Como toda historia esta empieza con un niño, solo que a diferencia del típico Pepito, Juanito o Jaimito, esta será una vivencia personal; esta es una historia de Daniel-ito. Gracias a Dios y a mis padres, tuve la oportunidad de vivir en Europa 6 meses de mi vida. Vivía con una familia de intercambio en un pesebre alemán, un pueblo de menos de 1000 habitantes con muchas vacas, siervos y liebres. Mi familia alemana no era lo que uno llamaría típica, el papá de la casa se llamaba Gephard, este personaje era un alemán barbudo de unos dos metros de altura que pesaba por lo menos 150 kilos. Mi minúscula presencia, 1,60 metros y 49 kilos de peso, era casi indetectable en la casa de los “Wences”. Es una lástima, pero en esta oportunidad no hablaré de esta singular familia así tenga interminables historias como el día que Gephard, el padre, me llevó a cazar cerdos salvajes. Lastimosamente en esta ocasión me limitaré a un evento, más bien un viaje diferente. Un fin de semana decidí conocer Italia. Armé mi mochila y le dije a Gephard que me iba. Lo primero que empaqué fue nuestra bandera tricolor que guardaba en mi mochila de 30 mil pesos comprada en el Centro. La travesía, empezaba en Hamburgo, a unas 3 horas en tren de Wingst, la aldea donde vivía. A Hamburgo partí un día antes así que me tocó dormir en el aeropuerto. Por fortuna, compartí banca de aeropuerto con la alemana más sexy que he visto en toda mi vida. No me voy a poner a inventar la verdad la alemana no me miró ni una sola vez en toda la noche ni siquiera para preguntarme de donde sería la colorida bandera amarilla, azul y roja que colgaba de mi mochila.

El avión salió a las 8 de la mañana. Un joven robusto de la banca del frente, envidiando mi hermosa compañía, no podía disimular la rabia que le producía la impuntualidad, bueno, tal vez no era solo la impuntualidad, el árabe que se había apoderado de su brazo a manera de almohada podía influenciar un poco en su perceptible molestia. Finalmente abordamos y no hubo mayor novedad en el viaje así que adelantaremos la cinta dos horas. A Roma llegamos a eso de las 10 de la mañana. Olvidé decir que aparte de mi ropa, lo único con lo que contaba era un papelito, tamaño memo, con una dirección de un albergue juvenil recomendado por el propietario, administrador y conserje de la única agencia de viajes de Wingst, el señor Klaus.” Al salir del aeropuerto compré un mapa de Roma en 10 euros y un sándwich de jamón con un café por otros 7. Mi familia alemana me había regalado un celular. El vetusto aparato medía unos 15 centímetros de largo, 4 de ancho y nada de extra plano, este celular tenía por lo menos 3 centímetros de profundidad y debía pesar por lo menos media libra. Un amigo alemán lo llamaba “la cabina telefónica”.La historia me ubica entonces en el aeropuerto Ciampinnio a las afueras de Roma con un celular que no cabía en mi bolsillo, un mapa traducido al español de Roma y una dirección escrita a lápiz por el señor Klaus. Miro la hora, después de mi ovíparo desayuno, lo de ovíparo es por que me costo un huevo, con el euro a $3.300 que era el cambio de la época, me acababa de comer un sándwich de mal contados $30.000. El celular mostraba las 10:30; tomé mi mapa y armado con el menudo papel, me dirigí a lo que parecía un policía. El firme uniformado empezó a distribuir indicaciones pero era como si el policía me hablara en chino, el hombre uniformado notó mi cara de preocupación y decidió impartir indicaciones en inglés. Lo único que comprendí en su marcado acento italiano fue “yellow bus”, acompañado de una especie de señal que apuntaba a una estación de buses dentro del aeropuerto. Muy tieso y muy majo, como el renacuajo, me dirigí a lo que esperaba sería mi transporte al albergue. Al sol de hoy no se si montarse al bus costaba algo, de conchudo me monté y punto. Después de unos 20 minutos de camino por fin llegamos, ¿A donde? ni idea. Al menos estoy más cerca pensé. El bus se detuvo en una estación de metro. Compré un tiquete y pedí instrucciones a una dulce señora. Le mostré mi invaluable papel y muy amablemente me ayudo a encontrar el metro apropiado y en mi mapa, señalo la estación donde debía bajarme. Esta estación era “Termini”, camino a la colosal estación, mi viaje se vio interrumpido por el fuerte sonido de mi celu-monstruo. Era mi papá que a las 4 de la mañana, H.E.C (horario estándar colombiano) me llamaba. Le expliqué que me encontraba camino al albergue y que todo marchaba bien, entonces me percaté, gracias a un perturbador sonido, que mi celu-monstruo se quedaba sin batería.

A las 11:30 llegué a “Termini”. Después de estar perdido por más de 10 minutos, logré salir de la enorme estación. Un señor me indicó que mi próximo transporte debería ser el tranvía. Me monté en el vagón totalmente perdido, y nuevamente busqué una persona que me guiara. Esta vez mi víctima fue un señor de larga y blanca barba. El misterioso hombre, me indicó entre español, italiano e inglés que me debía bajar cuando el tranvía se detuviera por completo, mejor dicho hasta que llegara a su garaje. Ahí empezó mi angustia. Ese cuento de bajarme sólo en un parqueadero de tranvías en Roma a más de 9200 Km. del siempre útil, ¿HEY LLAVE, VEN ACA QUE BUS ME SIRVE PARA…? , no me entusiasmaba mucho. Después de preguntarle al regordete conductor del tranvía este me indicó que la “Vialle de la olimpiada” se encontraría a tan solo un par de calles al sur del lugar donde pararíamos. El tranvía finalmente se detuvo así que ni corto ni perezoso me dirigí al sur agradeciendo la ayuda del conductor, mientras el reloj de mi celular marcaba ya la una de la tarde. El lugar donde estaba era muy diferente a la idea que tenía de Roma, el barrio donde me encontraba no distaba mucho de cualquier barrio barranquillero, una imagen que difícilmente había visto de Roma en libros o en alguna de mis dos principales fuentes de conocimiento Nat Geo o History channel. Con dificultad, cerca de una plaza logré encontrar la tan anhelada Vialle de la olimpiada, como chapulín detectando la presencia del enemigo escuché silabas conocidas, un poco cantaditas, pero conocidas. En medio de la plaza con guitarra en mano y reunido con unos amigos me topé con un ecuatoriano. El ecuatoriano detuvo su sonata y me miró con ojos curiosos, me señaló la Vialle de la olimpiada hacia el este y me dijo que mi albergue quedaba a un par de cuadras hacia atrás, es decir debía devolverme. El muy desgraciado me mandó hacia donde no era. Caminé completamente sólo por cerca de una hora con mi mochila de por lo menos 15 kilos al hombro. De repente oí crujidos. Era mi estómago que me pedía comida. Afortunadamente un par de cuadras más adelante encontré lo que parecía una tienda pero el sitio era nada más y nada menos que una pizzería. Que oportuno, pensé, pizza en Italia. Sorprendido noté que la pizza estaba en un exhibidor donde la mostraban partida no en los tradicionales triángulos sino en porciones cuadradas. La pizza la vendían además por peso. Uno escogía lo que pensaba podía comerse y el pizzero pesaba tu porción y te la vendía. Me senté y comí por 15 minutos hasta que logré devorar medio kilo de pizza, ahora sí me sentía nuevamente dispuesto a reanudar la búsqueda del albergue. Salí y me encontré con un grupo de obreros que reparaban una calle. Me les acerqué corriendo a pedir por veinteava vez ayuda y muy amablemente me dijeron que estaba muy mal ubicado. Primero me corrigieron la pronunciación de la dirección, y luego me indicaron que tenía que devolverme. Agradeciendo la clase de italiano y recordando a la mamá del ecuatoriano, empecé mi camino de regreso.

Después de otra media hora de camino logré parar un taxi cerca de donde el ecuatoriano me había malinformado. La dirección era tan cerca de donde estaba que los taxistas no querían llevarme, me gritaban en italiano y me señalaban la muérgana plaza. En ese momento como caído del cielo a las tres de la tarde hora Roma ocho de la mañana hora Barranquilla recibí la llamada de mi padre quien muy alegre me preguntaba que qué tal el hotel que cómo estaba todo. De la emoción no aguanté y lloré, sí, sí lo confieso lloré. Le conté lo perdido que estaba, que no pasaban taxis y que los pocos que pasaban me hacían bajar porque aparentemente el lugar estaba muy cerc... ¿alo?, ¿papá? El celular había muerto, ¿se imaginan la preocupación tan berraca de mi pobre padre? Resignado a quedarme sin hogar en Italia, resolví por tercera vez probar con un taxi esta vez no me iba a bajar. Rápidamente abrí la puerta del primer taxi que pasó y con tono fuerte le dije “viaille della olimpiata número sesent uno” noté, en su cara larga y avanzada en años, que el señor iba a empezar a renegar pero le repetí el comando “viaille de lolimpiata número chechentuno, y le agregué un no se si correcto perfavore. El señor entendió mi prisa y rápidamente tomó rumbo. Imagínense que la vialle de la olimpíada, o como se diga, se divide a la altura de la sesenta a causa de un rió que la atravesaba. Todo el tiempo era solo cuestión de pasar el méndigo puente que se encontraba en la condenada plaza del ecuatoriano. Todo el tiempo estuvo en mis narices. El taxista me llevó en menos de 3 minutos por groseros 20 euros. En últimas logré llegar al hotel y registrarme sin problema. El viaje ahora sí empezaba. Solo logré comunicarme con mi familia 2 días después, cuando mi papá en un improvisado italiano llamó al hotel a preguntar por mí. Para ser sinceros la moraleja de la historia no es muy clara pero con mucho temor de sonar a propaganda de colombiana definitivamente no hay lugar como la tierra de uno. Por ultimo quiero recomendar: primero que no le pidan instrucciones a un ecuatoriano con guitarra y segundo más que una recomendación es una cita, quiero que se acuerden tal y como lo dijo Dorothy que “no hay lugar como el hogar.”